La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Entonces se reprodujeron las discusiones con un encarnizamiento y una violencia hasta entonces desconocidos.
—¿Qué sabe él si es imposible o no? —exclamaba un «partidario» de Thuillier—. No ha visto ni oÃdo nada ni ha hecho ninguna averiguación. Si es un viejo que no sale de su casa, ¿cómo va a enterarse de las cosas?… ¡Tampoco Thiers creÃa en los ferrocarriles!… ¡Ese decano es un imbécil!…
—Y Thuillier, un idiota.
Pam, pam… Bofetones, trifulca, vidrios rotos…
Un pacifico anciano que se hallaba en un rincón, lejos de la contienda, murmuraba:
—¡Ya tienen lo que querÃan!… No olvidemos que atravesamos un momento difÃcil, que el «horizonte exterior» se muestra sombrÃo, que de nuestra alianza con Inglaterra sólo nos queda un «levo recuerdo», que los espÃritus están inquietos… Y en mi larga vida he observado que cuando los espÃritus están inquietos, los Gobiernos no encuentran nada mejor para calmar esa inquietud que producir el espanto explotando algún crimen o algún proceso… No escasean los ejemplos… Me limitaré a recordar, yo que apenas tenÃa uso de razón cuando la guerra de 1870, el famoso asunto Tropman… Y Tropman, señores mÃos, ¡no ha existido nunca!
—¿Quién dice eso?… ¿Y el campamento Langlois?…