La maquina de asesinar
La maquina de asesinar «¡El muñeco sangriento!… ¡El muñeco sangriento!…». No se oÃan otras palabras. Y se justificaba tratándose de una máquina de asesinar que corrÃa en libertad por los caminos, de la que se podÃa ser vÃctima de un momento a otro, y a la que no se podÃa hacer nada, ya que podÃa recibir una cuchillada hasta el mango sin más molestia que la de una caricia, y, por lo tanto, estaba a prueba de balas… La gente decÃa ya que aun cuando la ametrallaran, las balas no harÃan más que atravesarle sin producirle ninguna inquietud… En cuanto a sus partes vitales (el sifón, la tuberÃa, la «resistencia», todo lo que habÃa citado el doctor Thuillier), era de suponer que estuvieran protegidas por un blindaje magnÃfico, digno de la cámara de máquinas de un acorazado… ¡Ah!… Aquel Jaime Cotentin que habÃa resucitado a Benito Masson era más acreedor a la guillotina que el mismo encuadernador…
Asà estaban las cosas cuando, a las diez de la noche, una edición especial de El Cuarto de Hora, diario abiertamente enemigo de La Época, publicó, en respuesta a las declaraciones del doctor Thuillier, las declaraciones del profesor Dille, decano de la Escuela de Medicina y miembro del instituto; declaraciones que, sin ambages, llegaban a la siguiente conclusión: «El muñeco sangriento es imposible».