La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Alertos gracia tenÃa para los turistas que se veÃan detenidos en su excursión, que tenÃan que renunciar al almuerzo y que habÃan de dar media vuelta hacia Luceram, porque eran muy raros los que se decidÃan a continuar el camino por la nieve sin ir equipados para semejante expedición.
Sin embargo, Jaime no vaciló. Sin más apoyo que un bastón, y a pesar de cuanto le advirtieron, emprendió el viaje, al fin del cual llegó extenuado y casi muerto de hambre. HabÃa invertido tres horas para andar una legua.
Ya puede suponerse en qué estado se presentó en el hotel de las Altas Cumbres, donde se habÃan alojado los señorea de Beigneville…
El hotel lo regentaban tres hermanas, llamadas Elisa, Florisa y Denisa, los cuales rodearon al recién llegado con el más laudable espÃritu de caridad. Pero Jaime, que se habÃa instalado ante la estufa, la cual hacÃa humear sus vestidos, no respondÃa a todas las preguntas más que con estas palabras:
—¿Está aún aquà el señor de Beigneville?…