La maquina de asesinar

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Le dijeron que los señores de Beigneville no habían hecho más que pasar veinticuatro horas en el hotel de las Altas Cumbres. Y como el huésped, al enterarse del dato, mostrara más abatimiento, se apresuraron a hacerle saber que no se habían ido de aquellos parajes. Precisamente habían alquilado a la entrada del bosque de la Mairiso, en el camino de Turini, un pequeño chalet aislado, donde vivían de una manera muy retirada.

—Debe de ser una pareja de recién casados —aseguró la señorita Denisa con una convicción encantadora—. Se adivina en seguida por las atenciones que se gastan y porque no se separan nunca… Siempre van cogidos del brazo y se dicen cosas al oído… ¡Da un gusto verles!… Los dos son muy guapos y causan la admiración de todo el mundo, aunque viven tan hurañamente para los demás… Quiero decir que no admiten a nadie en la intimidad… SI, sí: da gusto verles por las tardes, sentados muy juntitos, bajo un abeto, en Pra-de-la-Cour, mirando cómo los demás se entretienen en esquís o trineos… Luego se vuelven tranquilamente a su casa… ¡Qué hermoso es el amor!…





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