La maquina de asesinar

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—Permítame, señorita, que le diga que está usted en un error —interrumpió con la voz ronca Jaime Cotentin, que sufría un verdadero martirio—. Conozco a esas personas, porque soy cercano pariente de ellas. Se han refugiado aquí, lejos de importunos, para descansar en la paz de la montaña de grandes trabajos y de grandes dolores. No se trata de unos recién casados, sino de dos personas unidas por una santa amistad. Temo que haya interpretado usted mal los datos de su libro registro. Los señores de Beigneville son nada más y nada menos que hermano y hermana.

—Lo mismo opinamos nosotras —dijeron al unísono las señoritas Elisa y Florisa.

Y Florisa aún añadió:

—La joven, en efecto, tenía cuidados maternales para él. Aquí pasaron veinticuatro horas. Él tenía un cuarto orientado hacia Pra-de-la-Cour, hacia Levante…

—Y ella —agregó Elisa— tenía el cuarto hacia Poniente, hacia el monte Celas…

—Eso no tiene nada de particular ni significa nada tratándose de personas del gran mundo, como se ve que son éstas —repuso Denisa—. Son personas del gran mundo. Y no nuevos ricos. Se ve en su comportamiento. ¡Ni una palabra más alta que la otra!… Al señor Biegneville ni tan siquiera le he oído una palabra…

—Está mudo —declaró Jaime Cotentin.


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