La maquina de asesinar

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—¡Pobre hombre! Ahora comprendemos por qué no le abandona nunca su hermana. ¿Estás convencida? —preguntaron a la vez Florisa y Elisa a Denisa.

—No me queda otro remedio —concedió Denisa con una mueca sonriente— si el caballero, que les conoce, afirma que estoy equivocada. Pero ello no me impide lamentarme de haberme equivocado en lo que me figuraba, que era muy bonito…

—Hay que perdonar a nuestra hermana —advirtieron Elisa y Florisa—, porque es algo novelera…

—¡Qué casualidad! —exclamó Denisa—. Por ahí pasan… ¿Parecen o no parecen dos recién casados?…

Jaime, a quien se acababa de servir una taza de caldo caliente, en el que ya mojaba sus labios, dejó el tazón y se asomó a los cristales, en los que apoyó su frente… ¡Eran ellos!… ¡Y era verdad que parecían lo que decía Denisa!…

Vestían ambos jersey de lana blanca. Los dorados cabellos de Cristina, bajo su gorro demasiado pequeño para contenerlos, le hacían una jubilosa aureola. Él pasaba grave y bello, con su rostro misterioso. La joven le estrechaba tiernamente el brazo y cruzaban sus miradas, que se decían cosas, a pesar de los labios mudos…

Denisa estaba extasiaría; Florisa y Elisa proponían al viajero que llamara a la pareja.


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