La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —¡No, no! ¡Déjenlos! —repuso Jaime volviéndose bruscamente.
Y estaba pálido, muy pálido…
—¿Se ha puesto enfermo? —preguntó Denisa.
Jaime, que se habÃa sentado en una silla, contestó:
—¡No es nada! Cansancio…
Se bebió lentamente el caldo. Y al beberlo, a sorbitos, sonreÃa muy amargamente…
—Si yo le dijera a esta señorita Denisa —pensaba— que Cristina no estrecha tan fuertemente a su pareja sino por miedo a verle caer, suceso que darÃa lugar a una escena ridÃcula, quizá se entusiasmara menos con el espectáculo que acaba de presenciar… El bello Gabriel aún no ha aprendido a levantarse solo…
¡Qué cosa más lamentable es el amor!… El genio de Jaime se regocijaba por no haber dado al mundo más que un ser imperfecto, y llegaba a mofarse de su misma impotencia, porque habÃa visto que Cristina sonreÃa al sublime muñeco…
¡Y es que Denisa tenÃa razón!… Cristina no sólo sujetaba el brazo del señor de Beigneville fuertemente, sino también tiernamente…