La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Tan bien lo sabÃa Jaime, que unos instantes más tarde, a pesar de su inmensa fatiga y de su abatida moral, emprendió sin ninguna alegrÃa el camino seguido por la feliz pareja: camino que acababa de dejar libre un escuadrón de cazadores alpinos, y al fin del cual encontró el pequeño chalet a la entrada del bosque de la Mairise…
—Bien sea Benito, ya sea Gabriel, siempre necesita un refugio en la soledad… ¡y con mujeres!… —pensaba el disector—. Y añadió: Pero esta mujer… ¡no huye de él!…
Iba Jaime a dar la vuelta a la casita de madera, cuando oyó la voz de Cristina y quedó inmóvil.
Hablaba con Gabriel…
Jaime no les veÃa, pero debÃan de estar ambos junto a una ventana desde donde descubrirÃan el circo prodigioso de los Alpes iluminados por los resplandores del Sol poniente.
Durante varias horas las cumbres habÃan estado envueltas en nieblas opacas, en las que apenas se las adivinaba, formando un caos gris y húmedo. Luego, de pronto, como por una especie de fiat lux, ocasionado por uno de esos súbitos cambios de viento tan frecuentes en los Alpes, la cortina de las nubes fue levantada, fue desgarrada. Y la serie de montañas, valles y mesetas aparecÃa como estremeciéndose en una fundición…
HabÃa callado la voz…