La maquina de asesinar

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Poco a poco las cenizas moradas de la noche apagaron aquel incendio y apareció la Luna en su carro de plata.

La voz de Cristina se elevó de nuevo.

—¡Qué hermosura, qué hermosura! Tienes razón, querido… ¡Ahora todo es hermoso!…

Le tuteaba, le prodigaba las más cariñosas palabras… ¡Y al otro le parecía que todo era hermoso ahora!…

La frase demostraba que los dos se comunicaban, a pesar del mutismo del muñeco, con una facilidad que había sido prevista… Porque Jaime, en lo posible, no había olvidado nada… ¿Acaso no había enseñado a Cristina el lenguaje de los sordomudos para que a su vez lo enseñase al muñeco, lo cual, además de los papelitos, permitiría una conversación cada vez más rápida entre el autómata y sus creadores?

Ahora, por lo visto, el muñeco no necesitaría ya de papelitos.

¿Para qué escribirse cuando para comprenderse basta con hacerse señas o con la mirada?

Y la voz que nunca le había hablado así a Jaime continuaba desarrollando su melodía…


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