La maquina de asesinar

La maquina de asesinar

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—¡Nada, mi Gabriel, puede ser más bello que lo que sucede en estos minutos sagrados!… A veces tus ojos me miran con una súbita tristeza que es un sacrilegio… ¿No me has dicho cien veces que antes de este bendito milagro, la vida había sido para ti el peor de los males y que ahora disfrutabas el placer de los dioses?… Tus cantos de poeta ya no son más que cantos de triunfo… Por la mañana, al salir de la noche santa, cuando me los traes, me los aprendo y los grabo en mi corazón… ¡No estés triste, Gabriel!… Oye el canto de la última noche:

»¿Qué importa que en los mundos que recorren cielos demasiado pequeños para que se detenga nuestro pensamiento, en los mundos que sólo poseen un Sol, las arenas del tiempo se corran mientras se desploman los mundos?… ¡Mi resplandor te pertenece!…

»¡Oh, Cristina! ¡Deja tu cristalina mansión y lleva los secretos de mi pensamiento a través del cielo superior! ¡Divulga tu mensaje a los orbes orgullosos y no temas que las estrellas no tiemblen ante el crimen del hombre!… Es puro el hijo que ha salido de tus manos… Y sus manos son vírgenes de la sangre del sacrificio…»

Reinó un silencio terrible, silencio durante el cual sonaba furiosamente en los oídos del aturdido Jaime el eco de aquellas cuatro palabras que le humillaban y le dominaban: ¡Mi resplandor te pertenece!


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