La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Luego de aquel arrebato, que agujereaba los más lejanos confines del espacio, el diálogo, o, mejor dicho, el monólogo de dos, cayó de nuevo al nivel de la conversación. Pero, de todos modos, ¡qué conversación!…
—¡Tus sufrimientos y tu muerte, oh mi Gabriel, te han formado un alma única! Eres el único ser al que una mujer puede acercarse con la confianza, el respeto y el infinito amor que debe a su Dios… Si mi Gabriel se encuentra triste, triste me verá, porque se halla por debajo de su destino… Hemos conservado tu alma libre de tu cuerpo… ¡Nos debes tu alegría!… ¿Quién puede fijar límites a las facultades del alma cuando no es alterada por ningún pensamiento terreno ni manchada por ningún cieno humano? Si no fueras lo que eres, no te dina que te adoro…
Jaime se apoyó en la pared para no caer.
Y luego, al oír que cerraban la ventana, aún tuvo fuerzas para dar, titubeando, unos pasos. Cristina, que corría los visillos, le vio. Lo hizo una señal que le dejó inmóvil. Unos minutos después estaban juntos.
Cristina le dijo palpitante:
—¡Vete, vete, que no te vea!… ¿Estás en la fonda de las tres hermanas?… Esta noche iré a verte.
—Si no te sirve de molestia… —replicó Jaime.
Y se volvió lamentablemente hacia Peira Cava…