La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —¡Qué cosos piensas, Jaime!
—¿Qué quieres?… Soy un hombre.
—Pero Gabriel no lo es.
—Peor que si lo fuera.
—Tú lo has hecho asÃ.
—Repito que hablemos de su inocencia en tanto que hombre… Quedamos en que le has visto llorar, le has tenido fe…
—¡Fe!… Ésa es la palabra…
—¿Y le ha bastado tu fe?
—Tanto le ha bastado, que ha consentido en dar explicaciones. Mientras yo no he creÃdo en él, mientras me he figurado que era presa de un monstruo, se ha portado como un monstruo arrastrándome rabiosamente en su torbellino; pero cuando me ha visto conmovida por sus lágrimas, me ha confiado humildemente sus miserias con una simplicidad infantil… Se ha arrodillado para entregarme sus heroicos, alucinantes y lamentabilÃsimos garabatos que gritaban y explicaban su inocencia… ¡Qué sencillo era todo. Dios mÃo!… Tú mismo juzgarás, Jaime… Cierto es que ocultaba en la bodega el equipaje de las mujeres desaparecidas; pero si ellas se lo hablan dejado, ¿qué iba a hacer con él? ¿Qué hubiera podido contestar a quienes le preguntasen algo de él?