La maquina de asesinar

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—Sí…

—¿Te ha convencido bajo pena de muerte?

—Quizá… Creo, en efecto, que si no hubiera llegado a convencerme ni él ni yo perteneceríamos ya a este mundo… Me arrastraba a una catástrofe de la que no le hubieras resucitado.

—¿Y qué te ha dicho para convencerte?

—¿Recuerdas, Jaime, que cuando trabajamos en la «gran obra» y te ocupabas de los ojos, me decías que vería, pero que de creías que llorara nunca?… Pues bien: ha llorado… ¡Oh!

Cuando vi correr las lágrimas sobre la cera de su rostro, me pareció que su alma, encerrada por nosotros en una caja, salía para decirme: «He aquí, Cristina, tu obra viva. Lo que has creído eterno no es el gesto de un autómata, sino mi dolor. ¿Estás satisfecha?…». Entonces enjugué sus lágrimas, que sólo dejaron de fluir cuando le dije: «Deja de llorar, Gabriel, porque creo en tu inocencia».

—Luego, ¿os tuteáis?

—No me parece que la cosa sea muy grave.

—Tan grave, Cristina, no solamente para él, sino para todos nosotros, que no he vacilado en venir a turbaros…

—¿Qué?

—Nada… Hablemos de la inocencia de Benito Masson. Mientras tanto, procuraré olvidar a Gabriel.


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