La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —En el fondo, todos los hombres sois iguales… Os sentÃs muy fuertes y con músculos para escalar el cielo. Pero a la menor indisposición, todo se viene abajo… Y entonces no admitÃs cuidados y os ponéis todos igualmente insoportables…
—¿Dices eso por Gabriel? —replicó Jaime.
—¿Por qué no?… Tenéis un pudor estúpido… Olvidáis que somos hermanas de la caridad… En cuanto a Gabriel, cuando ha Llegado el momento de curarle, no ha querido que yo interviniera. He tenido que explicárselo todo para que se curara él. No quiere confiarme sus llavines. Como él dice, se arregla solo.
—Lo principal —repuso Jaime con voz cada vez más dificultada por una tos irritada e irritante— es que hayáis acabado por entenderos.
—¿Por qué me dices eso? —preguntó Cristina frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Acaso me lo reprochas?
—¡Nada de eso! Pero el hecho de que lo celebre quizá no me quita el derecho de asombrarme… He estado en Corbilléres, he recogido tus notas y he visto las huellas de un drama que me habÃa hecho temer por tu vida… Por lo tanto, habÃa de ser para mà una sorpresa y una alegrÃa veros por aquà cogidos del brazo.
—Vas a comprenderlo todo en seguida, Jaime… TenÃas razón al decir que Benito Masson era inocente.
—¿Te ha convencido Gabriel?