La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Y volvió a toser.
—Vas a acostarte en seguida y a dejarte cuidar. No me gusta nada tu respiración. Catalina y yo te aplicaremos ventosas.
El desgraciado rio desgarradamente, para preguntar:
—¿También le aplicas ventosas a Gabriel?
—No. Está muy bien —respondió Cristina cándidamente y un poco asombrada—. ¿Has olvidado que no teme el frío ni el calor?
—¡No, no lo he olvidado! ¡Dichoso Gabriel!… ¡Ni tan siquiera se constipa!… ¡Cómo lo lamentarla el señor Birouste! Poca ganancia dará Gabriel a los herboristas. ¡Nada de vahos! Y en cuanto a la vaselina mentolada para las fosas nasales…
—¡Jaime! Tu ironía glacial…
—Glacial es la palabra, querida Cristina. Estoy irónico porque me encuentro frío. Perdóname este acceso de mal humor…
—Mal humor que es indigno de ti.
—¿Por qué?
—¿Qué has hecho de tu espíritu superior?
—Ya que me lo preguntas, te responderé que no sé nada de él. Lo habré perdido en el camino, entre la nieve…