La maquina de asesinar
La maquina de asesinar No habÃa, pues, nada ofensivo para nadie; sin embargo, un exagerado admirador del profesor Thuillier, aunque habÃa prometido conservar toda su sangre frÃa, no pudo aguantar el tono ligeramente irónico de aquellas palabras y exclamó:
—¡Cuánta tonterÃa!
Consternación general; horrible escándalo.
—¿Dónde estamos? —preguntó, lÃvido, el presidente Tirardel.
—¡En Francia! —le contestaron—. Y los que se llaman sabios como usted son los que han hecho huir a Norteamérica a los Carrel y otros genios…
Tempestad de aplausos y de injurias.
—¿Qué es eso de genios?… ¡Sacamuelas!
—¡Es que hay sacamuelas de genio!
Continuaba la tempestad.
Entonces se levantó el decano Ditte para decir:
—No olvidemos, señores, que el mundo nos contempla.
—Le suplico que se ciña a la cuestión —dijo el presidente Tirardel con su augusta barba, que le daba tan ventajoso parecido al canciller d’Aguesseau.
Y continuó pensando: