La maquina de asesinar
La maquina de asesinar En la esquina de aquel bulevar se estaba construyendo uno de esos inmuebles magnÃficos que la arquitectura de posguerra ofrece por toda Francia a nuestra admiración.
Esas casas se levantan con una rapidez de decoración teatral; no tienen más espesor que la de un ladrillo, están consolidadas con un poco de cemento menos armado de lo que se dice. Tienen la altura de las demás (seis o siete pisos) y son tan bellas como las otras, porque admiten adornos de escayola, que serÃa inútil pedir a la piedra, a causa de la mano de obra. Ahora bien: hay que reconocer que son menos sólidas…
Un autobús como el que conducÃa Gabriel, lanzado soberbiamente contra aquella obra maestra, tras una carrera que parecÃa el último Ãmpetu, habÃa de ser algo tremendo…
Primero dirÃase que se trataba de un trueno. Luego hubo una espesa nube, que se propagó por todo el barrio.
Cuando la nube se disipó, ya no se vio la casa. No habÃa más que un montón de materiales informes, una prodigiosa torta de la pasta más indigesta. Buscaron allà al muñeco; pero no lo encontraron…