La maquina de asesinar

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—¡Ay, señor comisario!… Por un pañuelo, porque buscaba un pañuelo… Al menos me lo hubiera pedido… Pero ni una palabra… Cuando vi que registraba mis cajones, que metía baza en mis estanterías, quise intervenir. ¿No era natural, señor comisario? ¡Me alegro de verle! ¿Cómo está usted, señor comisario?… Protéjanos usted, porque si no, ¡adiós justicia, como dice la señora Langlois!… Ya sé que usted es justo… Y yo soy una pobre mujer soltera, que nunca ha querido casarse, a pesar de las ocasiones, y que ahora me encuentro metida en esto berenjenal… Pregunte, pregunte a las señoras que han venido a mis «manzanillas» desde hace veinte años… Y disponga de mí, señor comisario… Usted es un hombre justo… Y yo… Cuando vi que registraba sin consideración mis cajones, quiso intervenir; pero el señor Birouste, el herborista, me gritó que levantara las manos, y hasta soltó unas palabrotas, dicho sea con perdón del señor comisario y de Dios… Al parecer, Gabriel hubiera disparado su revólver si hubiéramos dejado de tener las manos levantadas como en el cine… ¿Ya usted al cine, señor comisario?… Usted es un hombre justo…, y protegerá a esta pobre soltera que… Pero sigo mi narración. Aquel hombre terrible continuaba sin decir ni media palabra. Y el caso es que hablando se entiende la gente. Pero por lo visto, no quería que reconocieran su voz.


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