La maquina de asesinar

La maquina de asesinar

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Además iba disfrazado como un personaje de la época de la Revolución: llevaba una capa y un gran sombrero como los que también se ven en el cine… Tenía razón la señora Langlois… Es más: en la vida ocurren cosas que no pasan en las películas… Nunca he visto ninguna cinta en que se tratara una tienda de paquetería como se trataba mi casa… ¡Y con lo ordenada que soy yo!… ¡Diríase que por allí había pasado un desastre, una calamidad!… ¡Cómo me puso el madapolán, señor comisario!… ¿Y qué decir de las puntillas?… El tru-tru quedó hecho un guiñapo… ¿Y las cajas de algodón perlé? ¿Y las madejas de seda japonesa? ¿Y la lana de Hamburgo? ¿Y la lanilla de Saint-Pierre?… ¡Me entraban unas ganas de llorar!… De llorar y estrangularle… Pero en cuanto me movía un poco, el señor Birousto me mandaba, jurando, que tuviera las manos en alto… Menos mal que cesó de revolver cuando encontró la muselina, con la cual curó a la pobre herida… Pero ¿quién me recompensará lo del madapolán?… ¡Ay, señor comisario!…

He aquí las primeras palabras de la viuda de Camus, la que alquilaba sillas:




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