La maquina de asesinar

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—Era terrible; pero ¡qué guapo!… Le advierto, señor comisario, que yo he visto muchos hombres guapos, porque no siempre he alquilado sillas en las iglesias… Aquí donde usted me ve, señor comisario, he estado empleada en la sección de caja de un establecimiento, donde mi tarea era la más importante, por lo cual, para desempeñarla, se escogía a la más lista… He recibido cartitas perfumadas y me han saludado «guantes amarillos», que es como en mi época se llamaba a los galanes. Pues bien: con toda sinceridad he de decirle que jamás he visto un hombre tan guapo como aquél…

Forzosamente había de ser muy guapo para que me llamara la atención en un momento en que, por los brutales gestos que hacía, velamos llegada nuestra perdición… ¡Porque el señor Birouste no parecía en disposición de salvarnos!… El herborista había perdido toda su fachenda… Tiritaba detrás del mostrador y se desgañitaba gritando que tuviéramos las manos en alto… Llegué hasta creer que si bajábamos las manos hubiera cogido el revólver que había dejado Gabriel y hubiera disparado contra nosotras…

¿Y eso es un hombre?… ¡Lo que pasa es que se da mucho postín porque es herborista!… Pero yo ya no compraré nada en su casa… ¿Comprendo usted, señor comisario, lo que quiero decir?…


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