La maquina de asesinar
La maquina de asesinar El joven de mal aspecto a que antes se aludía volvió al cabo de una hora. Así como antes parecía constipado, ahora no lo parecía nada en absoluto. En cambio, si triste se mostraba antes, más triste se mostraba después.
Pidió un ponche y entregó las llaves a la señora Muche.
Una vez que le fue servido y se hubo alejado la señora Muche, el hombre que leía el diario se le acercó, se lo presentó y le dijo:
—¿Ha leído usted esto?
—Sí, lo he leído —contestó el joven triste.
Y apartó el periódico como rechazando toda conversación.
—Permita que me presente, caballero. Soy el mismo Lebouc… Pertenezco a la policía hace muchos años. Siempre he sido sacrificado… En este caso, queriendo tomar precauciones, me he dirigido a la prensa; pero la prensa me ha sacrificado como la policía… A usted le conozco… Es usted el señor Jaime Cotentin, disector de la Facultad de Medicina de París y autor o padre del muñeco sangriento…