La maquina de asesinar
La maquina de asesinar No obstante, aún le defendían el cura y el alcalde. Y el doctor Moricet se limitaba a encogerse de hombros cuando le contaban lo que se decía por el país. El centro de todo aquel movimiento era el establecimiento de Achard.
Allí estaban Achard, Bridaille y Verdeil, que no se apeaban de lo que hablan visto y oído, y que lo repetían incansablemente. Desde lejos acudía la gente para oírselo contar, y, de paso, vaciar algunos vasos.
El tendero Nicolás y el comerciante al por mayor de vinos Tamisier lamentaban no haberse hallado presentes cuando el fantasma habló; pero como puede suponerse, no hablan olvidado la sesión en que la viuda de Gerard lanzó tan agudo grito que les hizo levantarse para ver cómo la marquesa volvía al cementerio…
Aquella tarde, la viuda de Gerard, que se llamaba señora de Drouine desde que se había casado con el de Sologne, había llegado con su nuevo esposo.