La maquina de asesinar

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Por la tarde, el marqués se había encerrado en el castillo con el alcalde y el cura, que le consolaban como mejor podían. Pero se encontraba en un estado de exaltación poco común en él. Lo que espetó al primer magistrado de la población acerca del cretinismo de sus administrados dejó tan patitieso al pobre hombre, que éste se juró que no se presentaría en las próximas elecciones. También el abandonarla aquel pueblo absurdo y lo dejaría entregado a su vergonzosa superstición…

Al oír aquella palabra —superstición—, el marqués, un poco calmado por lo que se refería al alcalde, se dirigió al cura, que también se llevó lo suyo…

—Si hubiera menos historias de santos, de milagros, de tumbas abiertas, de resurrecciones, de fantasmas y de otras necedades mezcladas con las leyendas…

—¡Que me perdone si alguna vez le he dado algún disgusto y que descanse en paz en su nueva tumba!…

Luego se puso a elogiar la arquitectura y los motivos decorativos de la nueva tumba. Era cara, pero pensaba el marqués que todo lo merecía Bessie-Anne Elisabeth…

En torno al castillo empezó a oírse un ruido sordo. A pesar del vivísimo frío, el cementerio y los patios ya estaban llenos de gente.

La noche, por lo demás, era hermosa. Una gran Luna pálida se deslizaba tras las nubes plateadas…


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