La maquina de asesinar

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Partieron los tres hacia la capilla. Al reconocerlos, les dejaron paso. A la vista del marqués, cesó todo murmullo. Esperaban… Y más de uno se estremeció pensando en la espera…

Ya estaba todo preparado para la ceremonia. El vicario se había ocupado de ello. Pero no se abrió la cripta hasta el último momento, porque la gente se aplastaba contra la puerta. Las mujeres, sobre todo, demostraban una exagerada curiosidad. Las había que se hallaban allí desde horas antes.

Lebouc fue uno de los primeros en entrar en la cripta; pero estaba receloso porque no había visto a Jaime.

Algunos grupos, que hablan pasado las horas de espera vaciando botellas aportadas en previsión, estaban alegres y se dedicaban a bromas que no lograban ningún eco. Les decían:

—¡Callad, herejotes!

En la cripta, sin embargo, reinaba el silencio…

Se había levantado un pequeño altar en el fondo, precisamente sobre la tumba de Francisco III, llamado Brazo de Hierro, que murió en Tierra Santa. Y allí celebró el oficio el cura.

Se aplastaba la gente en la escalera que comunicaba la cripta con el coro y en la estrecha escalera del torreón que subía directamente al cementerio.


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