La maquina de asesinar
La maquina de asesinar La nueva tumba, realizada en ese estilo en que el Renacimiento empieza a borrar el gótico flamígero bajo el florecimiento de sus líneas y la abundancia del dibujo, era muy admirada por cuatro figurillas de ángel que decoraban las esquinas.
Estaba abierta, esperando que le llevaran el féretro de Bessie-Anne Elisabeth, aún bajo la losa de la tumba de Luis Juan Crisóstomo.
Una vez terminado el oficio y llegado el momento en que los obreros quitaron la losa sepulcral, quedaron en suspenso todas las respiraciones. Entonces sonaron en la torre doce campanadas. Y se acabó de quitar la losa.
Un largo gemido lúgubre salió de la concurrencia, acompañado de gritos con que se encomendaba a Dios y a los santos.
La tumba conservaba el féretro que se le había confiado; pero el féretro abierto estaba vacío…
La vampiresa, a la que en la última ceremonia todos hablan visto tendida en el ataúd, ¡había salido de su tumba!…
Todas las miradas se dirigieron entonces al marqués, mientras las mujeres calan de rodillas. Y un murmullo amenazador a más no poder comenzó a envolverle.
Se había erguido, desconcertado, inquieto, pero todavía temible… Y entonces un ruido procedente del cementerio anunció que por éste o en sus cercanías ocurría algo extraordinario.