La maquina de asesinar

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Luego se oyeron gritos horribles en la escalera del torreón. Los que allí estaban procuraron huir. Algunos cayeron en la cripta, rodando por los escalones. Y tras ellos apareció un bulto largo y blanco…

Muy tiesa, como si en vez de andar se deslizara sobre la tierra, como se había manifestado en las noches de Coulteray, venía… venía… Bessie-Anne Elisabeth, marquesa de Coulteray, nacida Cavendish… Y se dirigía hacia el marqués, que, con los brazos en cruz, el rostro exangüe y la boca abierta, pero incapaz de articular ningún sonido, retrocedía… retrocedía…

Cuando ya no pudo retroceder más, cayó de rodillas.

El fantasma había alargado los brazos…

Bessie, con voz de ultratumba, pronunció:

¡Te acuso!…

Pero el marqués se había desplomado. Su cabeza sonó horriblemente contra la piedra de la tumba. Y lanzó un suspiro tremendo, una especie de estertor, al que respondió un gemido más espantoso todavía.

Hacia el agonizante corrió un hombre, que le alzó la cabeza.

—Antes de morir, ¡dime qué has hecho de Cristina!

¡Ay! Jaime Cotentin no tenía en sus brazos más que un cadáver, junto al cual no tardó en rodar el espectro, definitivamente agotado, de Bessie…


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