La maquina de asesinar
La maquina de asesinar ¡Estaban muertos los dos!… El doctor Moricet, que habÃa seguido a Jaime, lo comprobó y declaró que aquella vez ¡todo habÃa terminado!
Pero aquellas palabras no podÃan calmar a una multitud supersticiosa, cuyo espÃritu acababa de ser exaltado por la trágica escena. Como el alcalde y el cura expresaran su opinión de que los marqueses fueran colocados inmediatamente en la tumba, ocurrió de pronto uno de los acontecimientos que no pueden suceder más que en ciertos momentos en que el alma de las multitudes es arrebatada a su pesar por un torbellino que le hace realizar gestos definitivos, cuya responsabilidad no podrÃa achacarse a nadie en particular.
No hay que olvidar que para la mayorÃa, la vampiresa, saliendo de la tumba, habÃa venido a encontrarse con su verdugo más acá de la muerte. Y esa mayorÃa juzgaba que habÃa que librar al paÃs de la pesadilla que duraba hacia meses. ¡Bastaba ya de fantasmas en las noches de Coulteray!
¿Qué dice la tradición sobre los vampiros? ¿Qué ordena?… ¡Quemarlos!…
Sin un previo acuerdo, sin pronunciar una sola palabra, se hizo lo necesario. En la noche de plata, sombras negras levantaban en el patio principal una enorme hoguera…