La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Jaime Cotentin y Lebouc volvieron juntos a Toug. Jaime parecÃa muy abatido; Lebouc, que de tiempo atrás se habÃa hecho un alma de filósofo, gracias a la cual recobraba su serenidad indiferente luego de cada desastre:
—No hemos tenido suerte —se limitó a decir.
Jaime suspiró.
—Si el golpe no hubiera sido tan fuerte, si el marqués hubiera vivido solamente unos minutos, hubiéramos obtenido de él lo que querÃamos… El miedo nos lo entregaba… ¡La muerte nos lo ha robado en el momento en que abrÃa la boca!… Ese hombre, que no creÃa en nada, habÃa visto de pronto el espectro de su mujer… Menos mal que ahora la pobre mujer ha muerto de veras. ¡Ya nada le atormentará!…
