La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Cuando el señor Birouste hablaba de su valor, no intentaba engañar a nadie. Se engañaba a sí mismo.
El bueno del herborista tenía un valor falso, como tenía una sabiduría falsa, una ignorancia falsa, un falso orgullo, una falsa modestia y unos cajones falsos (para ocultar productos que sólo farmacias tienen derecho a despachar). Convencido de que había llevado su abnegación hacia sus semejantes —si es que son semejantes un herborista y tres viejas, entre ellas una solterona— más allá de los límites de un heroísmo vulgar, lanzó un profundo suspiro de alivio cuando se vio encerrado en su casa, al abrigo de las sorpresas, de las terribles sorpresas de la ciencia…
Por cierto que aquel suspiro se parecía mucho a un gemido.
