La maquina de asesinar

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—¡Qué piel! —había de exclamar más tarde Birouste ante el comisario—. Dulce, fina, satinada como la de una muchacha… Y ¡qué cuerpo!… Seguramente entre las estatuas del Louvre no habría nada más bello ni más perfecto… Porque supongo, señor comisario, que usted habrá ido algunas veces al Louvre… No siempre vivirá usted con asesinos, como yo tampoco vivo siempre con mis hierbas… A uno le gusta instruirse… Usted, pues, habrá visitado la sala de escultura antigua, donde está Aquiles, el de los pies ligeros, como se decía en mi buena época… ¡Eso es arte!… Allí no hay nada de cubismo… Esa estatua, por la regularidad de sus formas, por la armonía de sus formas, si vale la frase, podría servir como si dijéramos de regla métrica para las bellas proporciones del cuerpo humano… Pues bien: Aquiles me ha parecido una birria, una pura birria comparado con Gabriel… Y comparados con Gabriel son verdaderos abortos los Bacos, los Mercurios y tutti quanti… Digo lo que pienso. Claro está que yo no soy un artista; pero bien mirado, no hay ninguna razón para que un humilde herborista no sea sensible a la belleza… No prescindo, como es natural, del Apolo de Belvedere. Por cierto que los cabellos de Gabriel, que, como es natural, se había quitado el sombrero, me parecían bastante parecidamente peinados a los suyos, con la misma voluta sobre la frente que recuerda el rizo de las mujeres… Sí; el Apolo de Belvedere es lo más parecido a Gabriel… Pero tiene demasiadas costillas, se le ve demasiado la anatomía… Gabriel era, ¿cómo diré yo?, más fuerte, pero también más gracioso…


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