La maquina de asesinar

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Pero Gabriel no le escuchaba. Había ido a la puerta que daba al rellano, la había cerrado y se había quedado la llave para estar seguro de que Birouste no escaparía. Luego, con un gesto, le ordenó que se quedara en el dormitorio para velar a Cristina. Después entró en el cuarto de al lado, que también cerró con llave. Además, se había llevado la lámpara.

«¿Qué querrá hacer en ese cuarto? ¿Para qué se encerrará con un armario de luna?» —se preguntaba Birouste encendiendo una bujía con mano trémula.

La curiosidad, más poderosa que el miedo, llevó al señor Birouste a pegar un ojo a la cerradura. Y he aquí lo que vio…

Gabriel, con un gesto nervioso, se quitó la capa, se desabrochó el traje, se arrancó la corbata, que le daba varias vueltas al cuello, lo dejó todo sobre un mueble y por fin se quitó la camisa, con lo cual quedó desnudo hasta la cintura. Le iluminaba el resplandor de la lamparilla. Y la luna del armario le devolvía su imagen.

Miró aquella imagen como un joven dios que se mirase en un manantial.


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