La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Gabriel se metió la mano en el bolsillo. ¿IrÃa a sacar el maldito revólver?… Pero no tardó en tranquilizarse el señor Birouste… Lo que el otro iba a sacar era la libreta… Además, los ojos de Gabriel ya no tenÃan miradas terribles, sino sencillamente una infinita tristeza.
«Se humaniza» —pensó el herborista, recobrando la marcha normal de la respiración y dejándose caer otra vez en la silla.
«¿Qué otra cosa me pedirá?» —se dijo.
Mientras tanto, el otro habÃa escrito y el herborista leyó:
«¿Tiene usted un armario de luna?»
¡Claro está que tenÃa un armario de luna!… Y si un armario de luna podÃa hacer la felicidad de Gabriel, ¡seguidamente se lo darÃa!… ¡Hasta podÃa llevárselo!… ¿Para qué querÃa Birouste el armario de luna?… Lo tenÃa en la habitación de al lado… Asà es que no habÃa más que empujar la puerta…
—La habitación de al lado le pertenece —dijo el herborista—, como todo lo de esta casa. Y en cuanto al armario de luna, que es de caoba y recuerdo de familia, si puede serle útil…