La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Luego de una noche semejante, se explicaba que hubiera caÃdo en un sueño plúmbeo.
¡Oh la suprema esperanza!…
Birouste se levantó suavemente, muy suavemente, con toda suavidad…
No le crujió la silla, no le crujieron los zapatos… Para llegar a la puerta que daba al rellano sólo le bastaban cuatro pasos… O cinco: daba igual… Una voz en el rellano, poco le costarÃa bajar la escalera… Luego…
Birouste estaba decidido a jugarse el todo por el todo… Ya estaban los tres primeros pasos… Pero he aquà que al cuarto paso el suelo crujió de tal manera como para que el fugitivo se echara a llorar…
Y mientras esperaba que las lágrimas le saliesen, un sudor frÃo le helaba los miembros.
En diciembre y en el hospitalario cuartito del herborista no hacÃa calor.
El caso es que Birouste se quedó con una pierna en el aire.
Gabriel, que no dormÃa, se volvió y vio al amo de la casa no solamente con la pierna en el aire, sino con ambas manos levantadas.
ParecÃa un bailarÃn… Era como para que Gabriel se echase a reÃr; pero Gabriel no se reÃa nunca.