La maquina de asesinar

La maquina de asesinar

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El extraño personaje, que continuaba en el sillón y con la cabeza entre las manos, no se movía, como si fuera una figura de cera, como las de los barracones de feria.

¡Y pensar que lo que aquel hombre tenía entre sus manos era el cerebro de Benito Masson, el cerebro de un hombre que cuando menos había asesinado a siete mujeres!… ¡Oh! ¡Qué poca importancia debía de tener para un sujeto como aquél la vida de un hombre como Birouste! Y el herborista, pensando en ello, notaba que la noche se hacía muy larga.

Dieron las tres en San Luis de la Isla.

¡No eran más que las tres!… ¡Y en diciembre!… En diciembre tarda mucho en hacerse de día…

Las tres y media… Las cuatro… ¡Y ningún movimiento!… ¿Qué intenciones se traería aquel hombre?… No parecía dispuesto a marcharse, ni mucho menos… Y si pasaba toda la noche allí con su Cristina, no tendría nada de particular que pensara pasar el día siguiente… Sabiéndose perseguido, se diría: «¿Dónde voy a estar mejor que en casa de este excelente Birouste, que hace cuanto me da la gana?».

Por lo visto, tendría que alimentarles.

¡Las cinco!

¿Acaso estaría durmiendo el tal Gabriel?… Cierto era que no le oía precisamente roncar… Pero ¡es que ni tan sólo le oía respirar!…


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