La maquina de asesinar

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Cuando volvieron a subir juntos (nunca se separaban), encontraron a Cristina tendida en medio de la habitación. Por lo visto había hecho algún intento para escapar al horrible destino que la esperaba, pero sus fuerzas le habían hecho traición… Gabriel la recogió con gran suavidad y dulzura, la volvió a acostar en la cama para que no renovase esfuerzos que, dado su estado de debilidad, podían serle funestos, y le dio a beber, con la ayuda del señor Birouste, la dosis para un sueño equivalente a un descanso bien ganado…

Luego de ello, Gabriel se sentó a la cabecera de la señorita Norbert y se cogió la cabeza. Parecía entregado a unas cavilaciones sin fin…

Birouste, detrás de él, no se atrevía a moverse. Y no es que le faltaran ganas… Pero temía un movimiento mal interpretado…

¡Qué noche!… Parecía que nunca hubiera de acabarse… Fuera había cesado el viento por completo… No había más que silencio, un horrible silencio en el que el señor Birouste no oía más que los latidos de su corazón…

La verdad es que había para contraer una seria enfermedad… Si aquella noche no contraía una lesión cardíaca, es que tenía el corazón muy fuerte…

¡Qué velada!… Sobro el velador había una lamparilla, a la que Gabriel había bajado la pantalla.


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