La maquina de asesinar

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Gabriel, cuando acabó de escribir, entregó a Birouste el papelito. Y el herborista volvió a estremecerse hasta la médula… ¡No cabía duda, no había soñado!… Era la letra larga, entrecruzada, zigzagueante de Benito Masson… Claro está que no estaba abigarrada con todos los colores del arco iris; pero a pesar del solo color violeta no cabía engañarse. He aquí lo que leyó el señor Birouste:

«La señorita se encuentra mejor. Está completamente despejada. Deseo que usted me facilite lo necesario para poderla volver a dormir, al menos durante doce horas».

—¡Bien, bien! —contestó Birouste con una solicitud que demostraba el gran interés que tenía en servir a aquel cliente excepcional—. Tengo lo que usted necesita… ¡Soy herborista!… Voy a buscarlo…

Y empezó a bajar hacia la tienda, quizá con la secreta esperanza de huir (a lo mejor…). Pero Gabriel, luego de haber cerrado con llave la puerta de la habitación, bajaba tras él…

Nuestro herborista sabía una manera especial de tratar la adormidera, cuyo secreto guardaba, a menos que no se lo pagaran a buen precio. Pero a Gabriel lo dio gratuitamente un frasco, con el cual hubiera podido dormir a una familia entera.


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