La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Finalmente, Birousto, para no caer en el suele, se dejó caer en una silla, donde aún tuvo fuerza para pronunciar unas palabras, porque cuando se cree llegada la última hora se hacen cosas sobrehumanas.
—¡Puede usted contar conmigo! —dijo—. He jurado silencio y no diré nada. ¡Soy un pobre herborista! ¿Qué quiere usted de mí?…
Otras frases por el estilo demostraban que Gabriel no se hallaba frente a un adversario temible. Ni tan siquiera se trataba de un adversario. Y a lo mejor era un amigo.
El otro sacó de su bolsillo una libreta y se puso a escribir.
Birousto lanzó una rápida mirada hacia la señorita Norbert, que estaba tendida sobre la coma.
¡Los ojos de Cristina continuaban pidiendo socorro!… Y lo pedían con tal elocuencia, que el señor Birousto, que no era una mala persona, volvió la cabeza para no ver aquella angustia que le daba tanta más pena cuanto estaba resuelto a no remediarla…