La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Tampoco vamos a decir que, a pesar de todos los acontecimientos, no se le hubiera alterado la respiración, porque aunque tuviese la boca entreabierta (¡qué dientes de más deslumbrante blancura!), el efecto de la respiración no producía en él ningún movimiento apreciable. No se movían ni su boca, ni sus manos, ni ninguna parte de su cara. Los versos de Baudelaire parecían adrede para aquel maravilloso ejemplar de la belleza masculina:
Odio el movimiento que altera las líneas; nunca lloro, nunca río…
Quien, si bien no reía, estaba a punto de llorar, era el señor Birouste. El primer gesto del herborista al ver el revólver fatal fue levantar las manos, para demostrar de una vez para siempre que no estaba dispuesto a oponer ninguna resistencia al cataclismo que parecía perseguirle con tanta pertinacia. Pero Gabriel le hizo un gesto amistoso, que seguramente quería decir: «Baje las manos, señor Birouste, que no quiero hacerle ningún daño».
De todas maneras, y como Gabriel no dejara el revólver en el bolsillo, Birouste dejó las manos como estaban. No quería dar a su huésped ocasión alguna de cometer un crimen que, además, hubiera sido completamente inútil.