La maquina de asesinar

La maquina de asesinar

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El terrible Gabriel no había abandonado su revólver, y su mirada continuaba tan fulminante como siempre. Aquello, evidentemente, era demasiado para un herborista que se creía definitivamente libre de la presencia del temible personaje y que se lo encontraba en su propia alcoba, prodigando tardíos cuidados a su víctima.

¿Cómo había podido llegar hasta allí?… Si el señor Birouste, en vez de volver a su casa por la calle, hubiera entrado por la parte trasera, es decir, por un corralillo contiguo al corralillo de la señorita Barescat, hubiera visto que la puerta de la cocina estaba derribada, para lo cual, ciertamente, no se necesitaba un gran esfuerzo por parte de una persona como Gabriel, que llevaba en brazos a una mujer como si llevara una pluma. Y el herborista, visto el derribo, hubiérase preparado para encontrar en su casa intrusos cuya presencia le era particularmente desagradable…

Tenían razón el viejo Norbert y Jaime al contar con las dificultades con que tropezaría Gabriel para salir de la isla llevando a Cristina en brazos. Sabiendo que le perseguían de cerca, necesitaba encontrar de momento y a toda costa un refugio. Y luego de haberse refugiado en casa de la señorita Barescat, se ocultaba en casa del señor Birouste, en espera de algo mejor. No le dejaban tiempo ni para respirar.

Quizá por eso no respiraba…


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