La maquina de asesinar

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Ahora bien: lo que no comprendía era que se sustituyera el cerebro de un loco con el cerebro de un asesino.

—Eso es peligroso…

Y expreso el pensamiento en voz alta, confiándolo a las plantas amigas que le rodeaban y a las cuales, antes de acostarse, dirigió un desolado adiós.

Ya en la estrecha escalera que llevaba a las dos habitaciones de que disponía el primer piso, murmuró aún:

—Eso es superior a mis fuerzas…

Por fin llegó a la puerta de su alcoba y la abrió.

¡Horror de horrores! Allí encontró a Gabriel que le esperaba y a Cristina tendida sobre la cama.

La joven parecía encontrarse un poco mejor.

No obstante, se mostraba incapaz de moverse, bien por debilidad, bien por miedo y quizá por ambas cosas a la vez. Sus hermosos ojos entreabiertos miraban al señor Birouste da una manera que compendiaba la más ardiente súplica, la más humilde invocación, la oración más emocionante y al mismo tiempo más desesperada. Eran ojos que parecían decir: «¡Socorro, por piedad, señor Birouste! Si usted me abandona, moriré».

Pero ¡ay!, el señor Birouste no se encontraba mejor que la pobre Cristina. De buena gana hubiera pedido socorro para sí mismo.


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