La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Por mucho que se asegure no dudar de nada y no retroceder ante ninguna perspectiva; por mucho que se hable de tú a los genios y se anuncie con tranquilidad a un auditorio de viejas asustadas que la Ciencia, con mayúscula, luego de haber dominado todas las fuerzas del universo, está a punto de triunfar sobre la misma muerte, no se puede evitar cierto aturdimiento y cierta inquietud cuando se ve aparecer una especie de loco, cuidado de manera especial por un excepcional cirujano, que presenta un papelito pidiendo silencio a cambio de conservarle a uno la vida, y que escribe ese papelito con la letra de un hombre guillotinado ocho dÃas antes…
Birouste, una vez cerrada la puerta de su establecimiento, que era como un resumen del reino vegetal, se desplomó en una silla. Seguidamente miró las paredes, los cajones, los tarros, los envoltorios donde se mantenÃan tantas y tantas plantas procedentes de los lugares más diversos y aplicables para los usos más distintos. No faltaban especies ilustres, como la ipecacuana, que recordaba a Helvecio, y la pervinca, estimada por Juan Jacobo Rousseau… Nada de aquello tenÃa secretos para el señor Birouste, puesto que la ciencia le habÃa convertido en una guisa de purificador y sumo sacerdote de toda aquella vida vegetal… ¡Cómo no iba a comprender lo que un hábil cirujano era capaz de realizar en el reino animal!…