La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Se detuvo, pues, ante su ropa, registró en un bolsillo y sacó un pequeño llavero. Como estaba cerca y delante de mí, vi que todas las llaves eran pequeñas. Del anillo colgaban una media docena. Me llamaron la atención porque no eran llaves ordinarias. Estaban huecas, se parecían a las llaves de reloj…
Llaves en mano, se acercó al armario de luna. Yo, colocado como estaba, no pudo ver lo que hacía. Tenía la cabeza inclinada hacia adelante y la mano que sostenía las llaves cerca del pecho… Pensándolo bien, deduzco que la mano en cuestión tocaría el pecho izquierdo… Entonces se oyó un ruido especial, bastante parecido al de un reloj al que se da cuerda, o a la de caja de caudales que se quiere abrir. Luego cesó de repente el ruidillo. Gabriel aún hizo algunos gestos. Y de pronto lanzó un grito de horror, levantando las manos, que a continuación bajó…
Oí, entre otras cosas, un ruido seco, como de un cofrecillo al cerrarse. Al mismo tiempo, en sus movimientos desordenados, chocaba contra el espejo. Creí, ¡palabra de honor!, que iba a romperme mi armario…
Por fin se volvió… ¡Ay, señor comisario!…