La maquina de asesinar
La maquina de asesinar La «fábrica del templo» se enorgullecía de tener un mayordomo que pasaba por un santo. Siendo notario, hubiera podido especular con los fondos depositados en su casa por los clientes; siendo mayordomo, presidente, tesorero y representante de veinte sociedades de socorros, hubiera podido aprovechar la elasticidad de ciertos presupuestos de caridad o la manera de interpretar el concepto de gastos generales. Pero ni en un caso ni en los otros podía reprochársele nada. Apenas se permitía reintegrarse lo más decentemente posible el gasto de un pequeño automóvil de conducción interior (conducía él mismo y tendía al aire libre), que necesitaba para sus correrías por París y las afueras.
Su avaricia no dejaba de tener caracteres especiales. Con tal de manejar fondos, aunque fueran ajenos, se consideraba el más feliz de los hombres. Es más: prefería que el dinero fuese de otro, porque el manejo de fondos siempre presenta ciertos peligros.
Tocar billetes grandes le producía un placer infinito. Siempre los llevaba en la cartera, de la que nunca se separaba. Su mayor satisfacción consistía en presentarse en casa de gente pobre, a la que hacia exponer sus miserias, para luego mostrarles los billetes y decirles: