La maquina de asesinar

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Estaban extenuados, pero no sentían fatiga… El agudo sentimiento del peligro mortal que corría la desgraciada Cristina les impulsaba siempre hacia adelante… Al no encontrar nada en la isla, se habían decidido a atravesar los puentes. Interrogaron a vagabundos, a un borracho tendido en un banco, a un castañero que estaba encendiendo el hornillo… Dieron la vuelta al muelle de los Celestinos, se metieron por Geoffroy l’Asnier, sondearon todas las tinieblas de todos los callejones entre Saint-Paul y Saint-Gorvais, recorrieron la plaza de Notre-Dame y el muelle de la Tournelle… Finalmente, volvieron a la Île-Saint-Louis cuando ésta surgía de las nieblas del Sena, entre el lívido resplandor de las mañanas heladas… Y de repente, en la esquina del callejón donde vivía el señor Lavieuville, mayordomo, vieron la silueta de Gabriel, sin ningún género de duda.

Iba solo y caminaba rápidamente o, mejor dicho, corría. Dando un salto, llegó a la puerta de casa del señor Lavieuville. Jaime quería precipitarse hacia él; pero el relojero le contuvo, diciéndole:

—¡Cuidado!… No lo echemos a perder… Conviene que no se dé cuenta… Vamos a ver lo que hace… Ya sabes que no le podemos ganar corriendo…

—Pero ¿qué habrá sido de Cristina? —masculló Jaime Cotentin, gimiendo.

—Creo que habrá escapado. Y me figuro que estará en casa…


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