La maquina de asesinar

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—¡Veamos, veamos!…

Con gran estupefacción vieron que Gabriel sacaba de debajo de la capa un llavero y, sin vacilar, introducía una de las llaves en la cerradura de la puerta de la casa del señor Lavieuville.

—¡Caramba! Entra en casa del señor Lavieuville…

En efecto: acababa de entrar… Entonces el relojero y Jaime dieron un salto…

—Si no queremos que se nos escape —dijo el viejo Norbert—, echémonos encima de él y derribémosle… ¡Le cuesta mucho levantarse y recobrar el equilibrio!…

La puerta no estaba cerrada. Penetraron en la casa, y en la semioscuridad tropezaron con aquel a quien perseguían. El viejo le agarró de la capa y el sobrino dio un tremendo golpe en las piernas del raptor, que rodó inmediatamente sobro la alfombra, en la que el tío y Jaime le envolvieron con una decisión brutal que no permitía ningún movimiento de resistencia.

Por lo demás, no se defendía, ni desde que se hallaba en tierra hacía movimiento alguno. Cuando no fue más que un fardo informo, lo sacaron entre los dos y se lo llevaron con lo mayor rapidez posible y arrimados a la pared hasta la calle del Santísimo Sacramento.


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