La maquina de asesinar

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Sólo encontraron a Juilard, el recadero, que volvía del mercado y que apenas se dio cuenta de ellos, aunque murmuró al pasar unas frases incoherentes.

Cuando llegaron a casa, llamaron a Cristina, que no les contestó; se encerraron con el fardo en el pabellón del jardín y empezaron a desenvolver, no sin precauciones, la capa.

Estaban sudorosos, anhelantes, fatigados.

—¡Cuidado, cuidado! —repetía Jaime—. No hay que volver a empezar…

—¡Bah! Mientras esté en el suelo no hay peligro…

—Habrá que acostarle en la cama de báscula y no perderle de vista ni un minuto.

—Te quedarás con él, mientras yo voy a buscar a Cristina.

—¡Yo iré, yo!

—Con tal de que no haya ocurrido una desgracia… ¡Ay Jaime!… ¿Qué has hecho de mi autómata?…

—¡Calle!… Si se hubiera perdido todo, me saltaría la tapa de los sesos…

Jaime, para evitar toda sorpresa, había encendido la electricidad. Así es que se desenvolvían en una luz cegadora.


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