La maquina de asesinar

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Estaban dispuestos a arrojarse sobre Gabriel al menor gesto sospechoso… Pero ambos lanzaron al mismo tiempo una sorda exclamación… El prisionero que habían hecho, que habían envuelto con la capa de Gabriel y a quien habían puesto el sombrero de Gabriel —sombrero que había saltado en el combate—, el prisionero que no se atrevía a moverse ni a lanzar un grito, de tan desmesuradamente espantado que estaba, no era Gabriel, sino el mayordomo señor Lavieuville…

En cuanto el viejo Norbert y Jaime Cotentin se dieron cuenta de su error, no tuvieron más que un pensamiento: producir la oscuridad donde reinaba tanta luz…

Luego de dar la vuelta a los conmutadores, ayudaron al señor Lavieuville a que se levantara y le hicieron salir cuanto antes del laboratorio.

Cogiéndole cada uno de un brazo, le llevaron hasta la relojería, donde el mayordomo se desplomó sobre una silla.

Continuaba cerrada la puerta de la calle y la del escaparate; pero la pálida claridad de diciembre penetraba por la ventana que daba al jardín.

El pobre mayordomo, que había reconocido al viejo relojero y al joven disector, dijo con voz desfallecida:

—¡Ay, señores míos!… ¡Qué cosas me están ocurriendo desde esta mañana!…


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