La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Aprovechando un momento en que se ha relajado nuestra vigilancia, se nos ha escapado, se ha apoderado de mi hija y la ha maltratado bárbaramente… Mi sobrino y yo, al oÃr los gritos que lanzaba mi hija, echamos a correr… Pero el loco habÃa atravesado ya el jardÃn y almacén, en el que cogió un revólver que yo habÃa dejado allà para reparar… Cuando llegamos a la puerta de la calle, ya estaba lejos… Nos separaban la oscuridad, el viento, la nieve, la tempestad… Y desapareció con su presa… Cuando le hemos visto a usted con su sombrero y con su capa, hacÃa horas que le buscábamos…
—Ahora lo comprendo todo…
—¿Lo comprende ya, señor Lavieuville?… Comprenda usted, además, que le hablan un padre y un novio… Sabemos que no nos liemos de dirigir en vano a un corazón tan caritativo como el de usted… Pues bien: aún es pronto para avisar a la policÃa… ¡Se trata del honor de mi hija!… Semejante escándalo la pierde y nos pierde… Haremos lo posible para evitarlo… Ese loco no puede haber llegado muy lejos… Aunque se haya apoderado de su auto, ello servirá para seguirle mejor… Y el hecho de que se haya apoderado de su abrigo y de su gorro, también nos servirá para seguirle… Por lo visto, con su simplicidad de demente, se cree al abrigo de mis pesquisas…
—Gracias por sus buenas palabras, caballeros; pero ¿y mis quince mil francos?…