La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Como hacÃa mucho frÃo, como soy muy friolero y como, sobre todo, temo las fluxiones de pecho y los constipados cerebrales, lo primero que hice fue envolverme en la capa de aquel energúmeno y ponerme su sombrero. Luego me dirigà a tropezones hacia la iglesia. Entré y no vi a nadie. No habÃa que perder un minuto para avisar a la policÃa. Como en mi casa tengo teléfono, corrà a mi casa. Abrà la puerta. Y apenas acababa de entrar, cuando me vi atropellado y derribado nuevamente. Creà que el bandido habÃa vuelto para rematarme. Asà es que encomendó mi alma a Dios… Lo demás, ya lo conocen ustedes…
El relojero, con voz sorda, estremecida de dolor, dijo:
—Es muy sensible lo que lo ha ocurrido a usted, señor Lavieuville, porque le han molestado y le han robado. Quien le ha hecho esa injuria es un pobre loco, un pariente a quien mi sobrino y yo curamos en casa —añadió ruborizándose como un niño cuando dice una mentira—. Por desgracia, ha concebido por mi hija, que está prometida con Jaime Cotentin, una pasión que ha hecho degenerar su enfermedad en locura furiosa…