La maquina de asesinar
La maquina de asesinar ¡Se habÃan acabado por algún tiempo las canciones de Béranger!… ¡Pobre Flottard!… ¡Nada de cantar que el amor, la amistad y el vino dispensan de toda etiqueta!… Flottard no pensaba más que en su cuchillo… ¿Y la mujer de Flottard?… No faltarÃa quien dijese que habÃa escapado de buenas tratándose de semejante energúmeno… A lo que no podÃa escaparse era a la visión de aquel hombre que paseaba tranquilamente con un cuchillo a la espalda… ¡Era una visión obsesionante!…
—Cuando le heriste —suspiró la mujer de Flottard—, creà que iba a caer fulminado.
Flottard no respondió, porque el fulminado era él. Si en medio de una tempestad le hubiera visitado de pronto el fuego del cielo, no le hubiera inmovilizado más junto a la pared, que le impedÃa caer, de lo que la sorpresa de lo sucedido le habÃa petrificado en una mueca que darÃa risa si a la figonera no le diera ganas de llorar.
